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20150924140618Por: Pbro. Gergorio López Gerónimo “Padre Goyo”

Gracias Francisco; por no venir a México, sabes bien de los problemas que aquejan a nuestro país, tú mismo dijiste que nuestro México está siendo castigado…

Gracias Francisco; por no venir a México, sabes bien de los problemas que aquejan a nuestro país, tú mismo dijiste que nuestro México está siendo castigado, los mexicanos aún no hemos sabido hacer un verdadero examen de conciencia, o bien no hemos querido hacerlo, porque tememos voltear a ver las deudas que tenemos con algunos sectores de nuestra población, quizás ellos son las mayorías: los empobrecidos, los excluidos, los discriminados, las mujeres violentadas, los niños abusados, los indígenas despojados… y una larga lista que nos hace recordar que efectivamente tenemos una deuda con los crucificados o como tú les llamas “los descartados” de nuestra sociedad.

Gracias Francisco, por no venir a México, porque los mexicanos aprendimos a ser “papolatras” con las visitas de Juan Pablo II, no supimos ver a Jesús a nuestro lado pidiendo una moneda o huyendo de nuestro país, hacia el Norte, en busca de un mejor futuro, pero si lo admiramos en tu antecesor, además sabes que Televisa convertía en espectáculo y negocio los viajes pastorales de Juan Pablo II y las grandes compañías hipócritamente aprovechaban para pararse el cuello con la población católica.

Gracias Francisco por no venir a México a estrechar la mano del presidente Enrique Peña Nieto, seguramente lo has hecho en tu casa, pero no en nuestro país. Sabes bien que él, es cómplice de las injusticias a las que nos enfrentamos los mexicanos, sabes de su Casa Blanca, de cómo llegó al poder, legitimándose como el salvador de México, sabes del cementerio en el que se convirtió nuestro país, por su complicidad con el narco, sabes que a la fecha, cuarenta y tres madres siguen reclamándole la aparición de sus hijitos, sabes que 22 mil o quizás 23 mil familias han sido desmembradas en lo que va de su administración, sabes de la deuda social de un gobierno, que se prostituye inmoralmente a los intereses de las grandes compañías transnacionales, devastando el medio ambiente y privatizando los bienes de nuestra casa común; sé que lo sabes porque nos lo has dicho incansablemente y con una novedosa frescura en tu última encíclica “Laudato Sii”.

Gracias Francisco, por no venir a México, a encontrarte con la jerarquía mexicana, los príncipes de la iglesia, a los que tú mismo has criticado caritativamente, una iglesia apoltronada, dormida en sus laureles, una iglesia farisaica, sepulcros blanqueados que imponen dolorosas cargas morales sobre sus feligreses, pero que ni ellos mismos son capaces de llevar a cuestas, sabes de los curas pederastas y de los obispos encubridores, tú mismo les has pedido su renuncia, también sabes del silencio inmoral de los “pastores”, mejor dicho “lobos rapaces” que guardan silencio frente a la injusticia y la violencia, pero que alardean cuando se trata de leyes que afectan a sus intereses. Seguros en sus guaridas y zonas de seguridad, sin poder alzar la voz en defensa de los más desprotegidos, justificados en la ortodoxia católica y porque el derecho canónico no señala ningún código al respecto. Sabes que muchos de ellos, son tus detractores, sabes que no leen tus homilías, que no escuchan tus palabras, que no estudian tu mensaje, se han quedado dos o tres pontificados detrás del tuyo, tus palabras son estridentes a sus oídos, porque no les conviene mirar hacia adentro, porque saben de lo radical de tu mensaje, del mensaje de compasión, ternura, acogida para con quienes ellos mismos han excomulgado y excluido del banquete gratuito que nos ofrece Jesús.

Gracias Francisco, por no venir a México y haber preferido entrar por la puerta trasera de Sudamérica: Ecuador, Bolivia y Paraguay, que son países con una gran población indígena, ellos son el rostro indio de Dios, el rostro que han intentado borrar y silenciar, el rostro de quienes han experimentado el dolor, que han acarreado los mega-proyectos que les despojan de sus tierras. El rostro de América Latina, donde la iglesia es más laica que clerical, más servidora que burócrata y más autóctona que romana. Tu mensaje de justicia social, encontrará tierra fértil en el sur, que poco a poco ha dado muestras de una mayor dignidad y de un fuerte grito de reivindicación frente a nuestra cultura del descarte: el capitalismo neoliberal, que tú mismo has cuestionado insistentemente.

Gracias Francisco, por estar haciendo de la iglesia “una iglesia pobre para los pobres”, gracias por ser voz de los sin voz, rezo por ti y porque algún día nuestra iglesia mexicana, se acerque un poco a tu proyecto, al proyecto de Jesús de Nazaret, que nos trae la alegría de su evangelio.

Serás bienvenido a este suelo Guadalupano, cuando el clero permita que Jesucristo se encarne de nuevo, que vuelva a ser el Emmanuel, el “Dios con su pueblo”, porque hoy esta “desencarnado”, está bajo arresto domiciliario en los templos y no tiene nada que ver con la vida del país, con la política, la economía, la seguridad, el desarrollo, la educación, hoy está secuestrado en los templos bajo la custodia de una cuantas viejitas de la vela perpetua, pero excomulgado para los pobres, los huérfanos, las viudas, los migrantes y presos injustamente.

Serás bienvenido a la tierra de Don Vasco de Quiroga, el único clérigo que como el santo de hoy, Junípero Serra, se empeñaron en salvar a un hombre integral y armónico y solo su alma, se encontraron con el Cristo hambriento, enfermo y perseguido y detonaron, al unísono con el anuncio del evangelio, el desarrollo, se preocuparon más por la canasta del ama de casa, que por el canasto del cura.

Te esperamos pronto para que lleves a los altares a este insigne pastor de los tarascos, porque necesitamos quien, como tu Francisco y como Tata Vasco, nos muestren el Cristo de verdad y no el de mentiras, no el de Dios de ultratumba y justiciero, sino el de aquí y ahora y justo y rico en misericordia.

  1. Si vienes algún día a México y coincido contigo, sería hermoso verte atravesar la frontera por Ciudad Juárez, como los miles de hermanos migrantes.

Con cariño y admiración, remando desde la otra orilla de la barca.